CARLOS
SANCHEZ LUIS ANGEL ROJO
Nuevo miembro de la Real Academia Española
19-4-2002
MADRID.
El ex ministro Ernest Lluch dijo de Luis Angel Rojo (Madrid, 1934) que
era el único economista español que sabía emplear correctamente el punto
y coma. Y el destino ha querido que el profesor Rojo sea ya miembro
de la Real Academia Española. Representa una España liberal que mantuvo
su dignidad durante el franquismo enseñando a generaciones de jóvenes
economistas. Ayer mismo, dio clases en la Facultad pocas horas antes
de su elección, en la primera votación y con el respaldo de dos tercios
de los académicos.
Pregunta.
Es curioso que en un país como España, donde la llamada Escuela de Salamanca
puso los cimientos de lo que hoy denominamos política monetaria, hablar
de dinero haya sido siempre de mal gusto para muchos intelectuales.
Respuesta.
No hay que exagerar en la aportación de la Escuela de Salamanca al pensamiento
monetario. Aquellos señores eran teólogos y juristas que vivieron entre
1520 y 1560, cuando estaban cambiando muchísimo las condiciones económicas
de Europa. Y lo que eran pecados horribles en tiempos medievales, como
los préstamos o las grandes ganancias del comercio, estaban dejando
de serlo.Ellos fueron los que formularon algo parecido a la teoría cuantitativa
del dinero o el tipo de cambio. Desde entonces, el pensamiento monetario
en España no ha sido muy importante.
P. ¿Existen razones morales a esa falta de interés por el dinero?
R. Hay
razones morales, pero también sociales e institucionales. La decadencia
económica de España fue muy importante.
P. ¿Existe ahora más interés en hablar de dinero por parte de los intelectuales?
R. Sí.
España se ha incorporado a la economía contemporánea de modo muy intenso,
y por consiguiente ahora hay muchas personas que se dedican a los temas
monetarios y financieros.
P. Mientras que economistas clásicos como Keynes, Schumpeter o el propio
Marx tenían una vida intelectual intensa (Keynes perteneció al círculo
de Bloomsbury), hoy da la sensación de que lo que pretenden los economistas
es ganar dinero en el menor tiempo posible.
R. Hoy
hay muchos más economistas que en el pasado. Unos son economistas de
lo que podríamos llamar el ámbito intelectual y otros lo son del mundo
de la práctica. El problema es el ámbito académico y más intelectual
de la economía, y ahí lo que ha sucedido es que el desarrollo de la
técnica ha sido muy fuerte en los últimos años y se ha perdido lo que
podríamos llamar la cultura económico-histórica. Pero eso pasa aquí
y en todas partes.
P. Este capitalismo más o menos salvaje al que parecemos estar abocados
es compatible con aquello que decía Keynes: que las metas primordiales
de la vida son el amor, la creación, el goce de experiencias estéticas
y la búsqueda del conocimiento. ¿Queda algo de esto, o los economistas
son ahora unos simples tecnócratas?
R. La frase
a la que usted se refiere la pronunció precisamente en Madrid durante
una conferencia que ofreció en la Residencia de Estudiantes en el año
30. Lo que no deja de ser curioso es que en plena Depresión mundial,
con millones de parados, Keynes hablara de lo que denominó el futuro
económico de nuestros nietos. Y lo que venía a decir es que si seguía
avanzando el crecimiento económico con la tecnología, la gente trabajaría
menos y tendría más tiempo para el esparcimiento, para las artes, para
la literatura. Esto, en cierto modo, está ocurriendo. Respecto al capitalismo
salvaje, creo que lo es en algunas cosas, en otras no. El capitalismo
nos ha permitido vivir mucho mejor. No todo el capitalismo puede denominarse
salvaje, ya que el capitalismo ha sido la fuente de civilización más
grande que ha tenido el mundo en los últimos siglos.
P. La economía sin ética, ¿en qué se convierte?
R. En una
pura técnica que no tiene mucho sentido, porque en definitiva la economía
es análisis científico con mayor o menor rigor y dureza. La economía
es ante todo economía política, de lo que trata es de mejorar el nivel
de vida de los hombres en su aspecto más material, y la economía que
carezca de los valores éticos no lleva a ninguna parte.
P. ¿Por qué es tan opaco el discurso económico? ¿Para ocultar sus deficiencias?
R. Todo
área profesional tiende a hacer inaccesible a los demás su propio lenguaje.
Eso ocurre en todas las disciplinas. La diferencia de la economía respecto
a otras ciencias es que se enfrenta con factores variadísimos y con
gran frecuencia imprevisibles. Siempre digo que Newton formuló la teoría
de la ley de la gravedad y ésta se mantiene incólume hasta nuestros
días; pero Newton no fue capaz de saber cuándo iba a caer la nuez del
árbol.
P. ¿Los economistas tienen hoy un proyecto moral como el que tenían
Adam Smith, Ricardo, Malthus, Stuart Mill o Marx?
R. El proyecto
moral en los economistas clásicos era tratar de ver cómo el proceso
de desarrollo económico fuese rápido y prolongado, y cómo todos ellos
pensaban que al final del proceso habría una especie de situación de
estancamiento, y estudiaban cómo esto podía alejarse en el tiempo. En
el caso de Marx, sí que tenía una carga política muy importante, pero
todos ellos se ocupan del desarrollo material de la sociedad.
P. ¿Cuál va a ser su papel dentro de la Real Academia?
R. Supongo
que lo que quieren es que me cuide un poco de las voces económicas del
Diccionario, y en eso hay mucho que hacer.Ciertamente las palabras económicas
son cada vez más utilizadas y están plagadas de anglicismos. Eso no
es fácil de evitar, porque hay palabras difícilmente traducibles al
castellano.
Nada
en su aspecto le delata. Pelo cano y muy corto. Camisa azul, pantalón
de pinzas. Aspecto de turista despistado hasta que clava su mirada.
Azul, fría y dura; tan cortante como el estilete de un buen asesino.
Y, cuando empieza a hablar, ya no cabe duda. No es un hombre normal.
Su cerebro no trabaja ni ansía lo que el del resto de los mortales.
Dice que quiere cambiar el curso de la historia del cine; dice que el
discurso de Scorsese, Spielberg y Almodóvar está acabado.
Por
sus palabras, más de uno lo acusaría de soberbio, de megalómano... de
eso y de mucho más. Pero, entonces, descubre su nombre: Peter Greenaway.
Y, poco a poco, el recuerdo de su obra arropa y hace creíble su discurso.
"Hay
que ser arrogante y ambicioso para ser un verdadero creador, para inventar
un nuevo lenguaje en el arte", reconoce el cineasta con un guiño
en la cara fruto, en parte, de la coqueta picardía de su confesión y,
sobre todo, de los últimos rayos de sol de una calurosa tarde de primavera
en una terraza de Barcelona.La Sagrada Familia, a lo lejos, como telón
de fondo.
Ya
que Peter Greenaway no peca de modestia, sí que lo hace de sinceridad.
Y, en un arranque, se extraña de que su interlocutor no inventara de
pequeño un amigo imaginario. «Yo lo hice», recuerda, «era tímido y me
costaba hablar con extraños».
Y
a su amigo le concedió todo el caudal de conocimiento que por aquel
entonces él ansiaba. Ese amigo es el embrión de La maleta de Tulse Luper,
que, con los años como el propio Greenaway, se ha convertido "en
alguien cada vez más complejo porque es una amalgama de todas aquellas
personas a las que admiro: Duchamp, Cage, Burguess...".
Y
Tulse Luper es el protagonista del nuevo y desbordante proyecto de este
galés nacido en 1942. Greenaway se prepara desde hace años para una
ambiciosa aventura que engloba tres películas, una serie de televisión,
DVD, CD-Roms, libros y una gran página en Internet.
Y
a este inacabable trampolín hacia la gloria o la tragedia el tiempo
dirá si es un éxito o un fracaso , a este intento de cambiar las reglas
de juego del cine en particular y el arte en general, Greenaway lo ha
bautizado como La maleta de Tulse Luper, título descriptivo ya que se
trata de narrar la vida de tan singular personaje a través de las 92
maletas que pierde en sus viajes por el mundo.
La
primera película del proyecto empezará a rodarse en junio, primero,
en Barcelona y, después, en Almería con la participación de actores
como JJ Field, Sting, Rossy de Palma, Jordi Mollà, Victoria Abril o
Ana Torrent.
Complejidad
«El
argumento es bastante complejo», reconoce el propio Greenaway, quien
necesita de gráficos para explicar tanto la historia como la organización
de la producción de tan complicado experimento.
«Los
fascismos europeos, los totalitarismos, el Tercer Reich, la cuestión
judía, los principios de la democracia...», enumera el director la interminable
retahíla de episodios que planean sobre la historia de Tulse Luper,
una narración que abarca desde 1928, año en que se descubrió el uranio,
hasta 1989, cuando cayó el Muro de Berlín. Más de 60 años, en los que
Luper recorre las prisiones de medio mundo, revelándose de esta forma
como un gran creador que lo mismo escribe una novela que una ópera,
pinta o inventa una serie de la televisión.
«Tulse
Luper, como yo, es un optimista y un artista que continuamente está
creando», retrata Greenaway a su alter ego.
«Como
él, creo que la mayor contribución que podemos hacer a la humanidad
es la creación, la cultura», apunta el cineasta que ha dado buena prueba
de sus palabras con películas como El vientre del arquitecto, El contrato
del dibujante, El cocinero, el ladrón, su mujer y su esposa o The pillow
book, que, aunque data de 1995, es su última cinta estrenada.
«Las
religiones, las filosofías desaparecen; permanece la cultura.El sistema
político y religioso de los egipcios ya ha caducado, pero nosotros todavía
seguimos apreciando su arte».
Esa,
sin duda, es la pretensión de Peter Greenaway, un cineasta nada proclive
a las concesiones, como ha demostrado sobradamente.Que su arte perdure.
Como el de Tulse Luper.